ElCamerino
Volver
Escrito por : Mauricio Arévalo Arbeláez

 "A puerta cerrada", de Jean Paul Sartre, es una muestra existencialista de las angustias que ocupaban  al pensador francés.

 

Apuertacerradaportada

 

Una habitación de hotel sin camas ni ventanas. Un camarero que no parpadea. Una estatua de alguien. Tres sillones. Tres huéspedes. Esto es A puerta cerrada, el montaje que se estará presentando en el Teatro Libre del Centro hasta el sábado 25. Dirigida y adaptada por Miguel Diago y protagonizada por Mónica Giraldo, Luz Adriana Gutiérrez, Santiago Carreño y Enzo Mejía, la obra está escrita originalmente por Jean-Paul Sartre, por lo que se ocupa de las principales angustias del existencialismo: el sin sentido, la inutilidad de los actos, el pesimismo, el absurdo, el abismo de la nada y la imposibilidad del humano para conectarse con los otros y consigo mismo. Por esta razón, la obra tiene desde el texto dramático una profundidad filosófica y una reflexión de cierta densidad que la convierten en un reto intelectual y emocional. Un reto que, me atrevo decir, da un resultado final maravilloso.

 
Las referencias simbólicas ocupan tanto el escenario como el texto. El diseño de escenografía, tan claro como resulta el título mismo de la pieza, nos muestra un espacio pequeño en exceso, que se va reduciendo aún más a medida que avanza el conflicto; conforme los actores lo van ocupando, el lugar transmite una sensación de claustrofobia, como si las personas le estorbaran al vacío, como si fueran obstáculos entre sí. Esto se refuerza con la idea de que la habitación no tiene ventanas, por lo que la única conexión que tienen los personajes con el mundo exterior, en apariencia, es una puerta que no se puede abrir sino desde afuera. Los personajes, por tanto, son prisioneros. Pero su libertad no se ve usurpada solo por no poder abrir la puerta: la angustia está también en ignorar hacia dónde da esa puerta y en dónde queda la salida. Esa casa, de la cual apenas se mencionan detalles pequeños, es el borde, el límite. Como una frontera imaginaria, la casa representa el desconocimiento que nos atrapa y nos encadena, el miedo al abismo. El encierro y el silencio, la soledad y la insoportable compañía del otro simbolizan también la imposibilidad de estar consigo mismo, o con cualquiera.


Estos símbolos nos enfrentan a un espacio abstracto, a una idea: la habitación es el lugar a donde vamos a parar después de morir para expiar nuestras culpas. El infierno, tal vez; pero un infierno laico, si acaso algo así no resulta tan paradójico. Lo poético y lo cruel es que el infierno en la obra resulta ser igual a nuestras existencias cotidianas puesto que el sacrificio y el castigo son el destino fatídico de tener que respirar el mismo aire que otra persona, verse obligados a escuchar su voz y su historia, haber tenido la desgracia de estar abandonados por el azar en el mismo lugar que otro sin razón alguna. La existencia es, de por sí, el infierno, que se vuelve aún más infierno cuando se hace eterna.


El montaje entiende los códigos del existencialismo y los traduce al lenguaje teatral de una manera interesante. El infierno, que es perfecto, que no tiene errores, resulta terriblemente anguloso. Es un espacio geométricamente calculado, racional hasta el cansancio. Y, bajo la dirección de Diago, los protagonistas (Estelle, Inés y Garcin) se convierten en los tres puntos de un ángulo que se mueve de forma milimétrica mientras aumenta la tensión. La perfección del espacio, que se siente como rigidez, se ve enfatizada por el movimiento angular de los protagonistas: un movimiento que ayuda entender sus relaciones y distancias, los sentimientos que se despiertan entre sí (una extraña mezcla entre el asco y el deseo) y, especialmente, las formas en que se reprimen y se liberan. Como un reloj que marca la hora, los desplazamientos ayudan a entender que los personajes llegan a ser parte del espacio que habitan.


Es angustiante, por supuesto. El encierro es una especie de experimento social, un tipo de programa de concursos, en el que los personajes no tienen más remedio que odiarse entre sí. Lo frustrante es esa similitud con nuestras vidas cotidianas y su semejanza con el mundo que vivimos día a día. Si alguna vez Shakespeare se imaginó este mundo como un gran teatro, Sartre se lo imaginó encerrado en esa habitación, como si este mundo fuera ese experimento social y Dios se sentara a verlo, a reírse y a burlarse de esos seres insignificantes que resultamos ser las personas. El espectador es Dios, al ser testigo de estas desgracias: el lenguaje desafía la existencia a través del humor negro, la muerte se mira con cinismo, las preguntas se formulan inquietantes, el desespero se disfruta con crueldad. El espectador de A puerta cerrada es ese Dios que se ríe, sádico, con la tortura de la existencia y la maldición del recuerdo.  

@marevalo53
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
 
 
----------
A puerta cerrada estará en temporada hasta el 25 de julio en el Teatro Libre Sede Centro. Para mayor información, consulte este enlace
 
VEA TAMBIÉN
 
Una reflexión sobre el cuerpo en la religión
César Morales: "El dramturgo es el origen de un universo"
Un homenaje teatral al Quijote

 

 

TWITTER

FACEBOOK

AGENDA ARTIFICIAL

Enero 2018
D L M X J V S
31 1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31 1 2 3

telegramas-bt

canillitas

paute-bt