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Escrito por : Mauricio Arévalo Arbeláez

 El director de La Casa del Silencio habló con nuestro director artífice a propósito de su estreno más reciente, Grises, y de su larga trayectoria en el teatro físico y gestual.

 

JuanCarlosportada

 Juan Carlos Agudelo por Mauricio Arévalo A.

 

¿Qué es Grises?


Grises es una versión libre inspirada en Actos sin palabras II. Es una obra de teatro físico y teatro gestual que ahonda en esos territorios humanos que sugiere Samuel Beckett en sus obras. Es una interpretación muy nuestra de dos hombres de este mundo moderno, de estas sociedades que crecen y echan a los hombres como vidas anónimas. Es un homenaje a esos hombres ambulantes que hay en la calle, de las grandes ciudades, que duermen entre los periódicos y que tienen vida debajo de las alcantarillas... es una alegoría a la soledad, a otro significado de la modernidad. La modernidad también es ese ser perdido en medio de la urbe moderna.


¿Es versión libre? ¿Cómo fue el trabajo de dramaturgia?


Nosotros tomamos el texto como una referencia. Actos sin palabras II es una pieza de página y media, y son puras acotaciones. Es el pretexto para componer: en la primera parte hay una cierta literalidad, pero el desenlace es completamente diferente porque no existe en el texto. La dramaturgia se fue tejiendo a partir de lo que sugiere Beckett, pero a partir de nuestra interpretación. En esa medida son dos personajes que nunca se ven (habitan un mismo espacio, pero nunca se ven, nunca se reconocen). La dramaturgia es nuestra porque es una reescritura del texto; hay una ficción a partir del texto.


¿Cómo ha sido juntar a La Casa del Silencio con la Tribu teatro?


Julián Santamaría y Rodrigo Hernández, de la Tribu, me invitan a ver un ensayo y veo un material que me parece bonito. Ellos estaban empezando a armar esas acotaciones que plantea Beckett y, como no hay dinero, nos propusimos hacer una coproducción. La Casa del Silencio tiene una historia significativa en Colombia: abre un poco el espacio para una compañía que está emergiendo. Ellos son los actores y la dramaturgia es mía y de Ángela Valderrama.


La Casa del Silencio tiene una estética propia en la que se reduce al máximo el texto y se exploran otros signos teatrales. ¿Veremos algo de esto?


Claro, es exactamente lo mismo. Es un desarrollo y, aunque sabemos para dónde vamos, no conocemos el impacto en el espectador. Hay una intención por ir a lo esencial, hacer visible lo invisible. La luz se hace importante, el sonido se convierte un elemento narrativo y hacemos evidente el silencio del cuerpo.


¿Cómo nació la idea de La Casa del Silencio y cómo ha sido su trayectoria?


La historia data de 1997, cuando llego a Colombia invitado por Colcultura a hacer laboratorios. Estaba viviendo en Francia, trabajando con la Compañía Marceau, estudiando... pero como que surgió el deseo de volver a sembrar acá: la tierra llama. Hago una audición y surge La Kermesse, que es una de las obras memorables de La Casa del Silencio, inspirada en el baile de Héctor Escola. Muchas generaciones han pasado por aquí, se han quedado o se han ido, como sucede con los grupos y con la realidad del teatro en Colombia. Hubo una etapa bonita con Woyzeck, pero para llegar a eso se hicieron procesos de cooperación, espectáculos con universidades y con grupos que también han sido importantes. En Cali hicimos una versión de La Casa de Bernarda Alba, Los Silencios de la Casa de Bernarda Alba y estéticamente era muy bella: una casa intervenida completamente; el espectador llegaba al patio, al solar de la casa, y veía a través de las matas, una cosa como voyeur dentro de la casa de Bernarda; la música era original, los personajes fueron interpretados por hombres... Woyzeck nos pone en un territorio distinto: la gente de teatro tiene una visión un poco cerrada, tiene estigmas, frente al silencio del mimo; hay una especie de estereotipo, y resulta que el silencio es más poderoso que eso. Creo que Woyzeck se pone un poco en ese territorio. Está también Entre Mortales, que es otra pieza que marcó un momento bello en el grupo; era una obra que hablaba de referentes bíblicos y del cuerpo como objeto. Esa obra nos permitió estar en festivales de danza contemporánea, por ejemplo, aunque nosotros no seamos ni bailarines, ni coreógrafos... ¡es que el lenguaje mismo te sitúa en otros territorios y ahí está la belleza!. Una obra que no caminó mucho fue La Celebración. Un gesto del deseo, que fue premio a directores con trayectoria, el primero que hizo IDARTES. Yo siento que, como grupo, nosotros estamos en una transición: sostener un grupo con más de diez actores es un lío. La realidad y la contemporaneidad te reducen, y como que te llevan a mutar y a pensar que es muy complicado seguir en combo grande: cada uno tiene sus necesidades y en las ciudades grandes como Bogotá también hay que sobrevivir. Como los grupos de teatro no somos empresa, como no hemos aprendido a hacer eso, la gente no se queda mucho y hace sus proyectos, sus propios sueños; y nos lleva a otras cosas como Kokoro, que es la última pieza, una obra que pasa la página de las obras anteriores y va a otra inspiración: la animación de objetos. Es un escrito más fractal, menos lineal (porque nosotros hace rato venimos rompiendo eso) y es una obra muy humana, es una obra que uno no sabe qué es lo que toca pero la gente queda muy conmovida. Lo que pasa es que también habla de las relaciones humanas, de las rupturas, de los desapegos, de la soledad, del otro que está pero no está... así no sea una gran historia, su simplicidad es poderosa y el público ha hecho unas lecturas muy poderosas de lo simbólico y metafórico de la obra.


¿Cómo trabajan lo simbólico en el texto dramático?


Hay varios caminos. De hecho yo creo que hay muchas dramaturgias: una es la escrita y otra es la que el lenguaje mismo te entrega cuando tú estás en la exploración, en la que aparecen acciones o movimientos que resuelven una escena. Hay una dramaturgia que se construye dentro, que es también un poco la dramaturgia del actor. Es ahí donde el actor entiende el silencio. Hay una escritura de acotaciones: trabajamos sobre acciones que siempre buscan evocar y sintetizar, es decir, cuando el texto es una idea, se trata de explotarla y volverla una narración, volverla texto visual para que la gente lo lea.

 
Acaba de decir que el actor entiende el silencio. ¿Cómo se prepara un actor para eso?


¡Eso es un camino largo, te digo! Se trata de desarrollar una inteligencia para entender la pausa, entender el silencio no anecdótico... y eso es difícil. Eso te lo enseña el lenguaje mismo: el lenguaje te enseña a abstraer, a detener el tiempo, a acelerarlo, a devolverte; a entender un texto corporal. A veces al actor de texto le quitan el texto y se queda mudo, y empieza a hacer pantomimas mal hechas... de ahí a que pueda hacer silencio y lo encuentre significativo, hay kilómetros de distancia. El texto físico y gestual no es pantomima: el gesto debe tener vísceras. A veces hacer esa transición toma tiempo.

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Grises se presentará en la CASA DEL TEATRO NACIONAL (Carrera 20 # 37-54) desde este jueves 3 al sábado 19 de agosto. Para mayor información, consulte este enlace.  

 

@marevalo53
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VER TAMBIÉN:
 
"¿Qué hago yo con esas palabras caídas?"
La risa de Dios
Una reflexión sobre el cuerpo en la religión
 
 

 

 

La anterior es una opinión respetable, sin embargo muchos otros tuvimos una experiencia distinta con la obra: un tiempo suspendido en los pensamientos difusos del hábito. Una soledad implícita en cada detalle, en la rutina misma del día, en el movimiento autónomo y concreto. Vale decir que Grises es un obra en cooproducción, y así mismo señalar el profesionalismo que ha caracterizado a la Casa del Silencio y Juan Carlos Agudelo en la tarea quijotezca de sembrar teatro físico en Colombia. Es un hecho el teatro merece el rigor y el compromiso que lograr hacer de lo más simple, lo más bello y quienes se lanzan a ello han de saber mantenerse en la tarea constante de trabajar incansablemente en trasescena para poder llevar a la escena lo invisible.


hola: ha visto la obra y podría decir que: desde el nombre, es suprema-mente básica, falta profesionalismo, precisión, maquillaje, le falta vida y tragedia. La obre fue muy buena hasta que salieron de la bolsa, ahí, se acabo la imaginación, la magia la pasión... un teatro de silencio con mucho ruido escandaloso tras el escenario tratando de salir de la bolsa.... una "escena muy mal reencauchada" tras el escenario.... unos actores que sus amigos les llaman la atención por que 10 minutos antes andan paseando por todo lado y no se alistan, no calientan, simplemente van y se cambian como cuando se va a cualquier lado... en fin; un teatro físico donde es evidente la falta de trabajo corporal.... Mas una EXCELENTE escenografía, pero eso no hace la obra. con todo el amor del mundo, el teatro en Colombia tiene que cambiar, tiene que trascender el teatro de colegio y buscar el profesionalismo que no solo da la experiencia, si no también el trabajo, el esfuerzo, la voluntad.

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