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Escrito por : Mauricio Arévalo Arbeláez

 En la segunda parte de la entrevista a Natalia Orozco, la periodista narra las peripecias para terminar de grabarlo y los efectos que trajo en su carrera y su vida personal. Si se perdió la primera parte, puede leerla en este enlace.

 

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Empiezas a ir como directora, como documentalista, periodista, como…


Como directora de un equipo documental. El primer rodaje, que era el más difícil porque estaban todos muy nerviosos, lo hice con mi mejor amigo de hace 25 años… Yo pensaba que iba hacer toda la película con él, pero él muere  de un cáncer que se lo lleva a los 39 años. 
 


Fue muy difícil porque yo sentía que debía tener un equipo de mucha confianza, pero ahí entra la coproducción con RCN , que me pone un camarógrafo, un buen ser humano, y armo entonces un equipo que me acompaña. Al principio hubo personas que entraron y salieron; creo que algunos no soportaban el nivel de estrés y de incertidumbre, porque nunca, en cuatro años, nada salió como se planeaba; yo iba a entrevistar a Pablo Catatumbo y a Iván Márquez, y venía con la entrevista con Andrés París y con Rodrigo Granda; yo iba a entrevistar al gobierno y ese día llegaron las víctimas…
 


Yo lloraba, les decía que era un irrespeto, pero también entendía. Primero, aquí todo era un pulso: ¿quién tiene el poder?  Segundo, independiente de lo que se haya dicho en los medios, esa gente se reventó a trabajar en La Habana. La verdad yo vi a hombres y mujeres a veces trabajando hasta veinte horas para poder anunciar un acuerdo, de los dos lados.
 


Y esas visitas eran allá en La Habana, eran acá en Colombia…
 


Gran parte del documental está grabado en La Habana, pero también para mí era muy importante tener en mi cabeza las historias de las víctimas. Por eso cuando iniciaron los encuentros nacionales de víctimas yo fui a dos o tres. Estuve, por ejemplo, en el de Cali, sentada con las víctimas, escuchando; estuve también en el de Chocó. Grabé en algunas zonas de la Colombia profunda y me di cuenta de que una guerrilla no son los comandantes; los comandantes son una mínima parte. Una guerrilla son sus combatientes y por eso también insistí mucho en que me dejaran ir, no a hacer los viajes que hacen muchos periodistas, que es a los campamentos donde tienen a todo el mundo organizado con las botas nuevas y todo absolutamente artificial, sino que me dejaran ir a un campamento de verdad. Y estuve allá 19 días hasta que se les olvidó que yo estaba, y pude vivir porque ya se cansaron de mí, y entonces vi la realidad de un campamento…
 


¿En dónde fue eso?
 


En La Elvira, Valle del Cauca.
 


Y entonces…
 


A lo último ellos estaban tan embolatados… Cuando estábamos allá, hubo una pelea durísima en La Habana sobre el tema de dejación de armas. Creo que hubo un enfrentamiento muy fuerte entre Flores y Carlos Antonio Losada, que puso a tambalear el proceso, y del que la opinión pública no se enteró, pero Timoleón mandó una orden a las tropas de que estuvieran atentas. Y nosotros estábamos allá clandestinamente porque el gobierno había desautorizado a las FARC llevar civiles a los campamentos. Y entonces explota ese zaperoco de que se podía caer el proceso de paz. Los medios de comunicación rodeaban el campamento porque querían ver si de verdad no había periodistas de Telesur allá adentro. Eso fue un nivel de estrés… 
 


Allá pudimos entender un poco más del funcionamiento, la autoridad, la jerarquía, las dinámicas de solidaridad que existen entre ellos, porque es que ya de tanto vernos… Una cosa que sí generó confianza fue que ellos se dieron cuenta de que yo tuve muchas oportunidades de sacar varias chivas que no saqué, y no porque hubiera dejado de ser crítica: cuando nadie sabía que Timoleón estaba en La Habana, yo sabía que Timoleón estaba en La Habana; cuando Daniel Coronell revela la identidad de Henry Acosta, el facilitador, yo llevaba entrevistándolo un año y medio.
 


¿Y cómo luchaste contra ese impulso?
 


Una vez yo entré en el chip del documentalista y sentí que podía dejarle algo, así fuera chiquitico, a este país, perdí cualquier tentación de la inmediatez. De hecho, aun ahora me pregunto, cuál es el aporte de una primicia. Tengo mucho temor porque en teoría lo que yo puedo hacer para vivir es periodismo, pero creo que me volví una documentalista y una malísima periodista, porque dejé de creer en todo eso que es común en el periodismo: la chiva, el scoop y la audiencia. Estoy absolutamente divorciada de eso, y por eso no sé qué sigue para mí.
 


¿Qué descubriste durante los días que estuviste en el campamento?
 


Yo sabía que toda esa gente que me atendía con infinita amabilidad (los que le dan a uno el pedazo de carne más grande, que le echan a uno la pata de la gallina en la sopa, las guerrilleras que salían de todas partes con la coquita a darme su ración del salpicón…) yo sabía que ellos eran los que habían cuidado a los secuestrados, y también sabía que ellos eran a quienes les tocaba salir al pueblo a hacer las extorsiones. Nunca lo perdí de vista. Lo que descubrí es que la guerra es esa realidad absurda que creamos los seres humanos entre gente profundamente buena que comete actos profundamente malos y perversos. Sí, eso aprendí. Y aprendí que detrás de esos seres o de esas personas que hacen unos actos monstruosos hay unos seres humanos llenos de miedo, absolutamente vulnerables. Y aprendí que es mucho más interesante vivir tratando de entender sin justificar y tratando de entender sin juzgar, porque entonces navegar por la condición humana te hace estar viajando permanentemente. 
 


¿En el campamento haces tomas, entrevistas?
 


Muchas tomas, entrevistas no tantas, porque ellos estaban en su cuento de la trinchera. Allá entrevisto a Pablo Catatumbo y me doy cuenta de esa enorme fractura que hay entre la Colombia rural y la Colombia urbana. Entiendo que, dentro de un mismo territorio, son muchos países. 
 


Cuando Iván Márquez me decía: "Es que a nosotros..., la victoria..., el pueblo que nos ama...", yo pensaba: "¿Pero este señor a quién cree que le está metiendo los dedos en la boca? ¿cuál pueblo que los ama?" Allá me doy cuenta de que ellos sí tienen las bases sociales, unas bases sociales muy importantes que les permitieron sobrevivir y que nosotros aquí en las ciudades desconocemos, así como yo a veces siento que ellos desconocen el odio que hay en las ciudades hacia ellos. Cuando me hablaban del pueblo que los defiende, yo sentía que ellos me creían boba. Y no, es mucho más complejo que eso: es que ellos viven en otra Colombia. Cuando uno llega a La Elvira con Pablo Catatumbo la gente le hace fila y lo quiere saludar como si fuera un héroe, cosa que a mí, obviamente, me erizaba, porque yo no sabía qué sentir; eran puros sentimientos encontrados, entre rabia y sorpresa. Aprendí todo lo que desconocemos aquí en la ciudad de esa otra Colombia que es la que lleva el dolor a cuestas.
 


¿Cómo manejaste este carrusel de emociones y cómo lo llevaste a esa mirada en el documental?
 


Fue difícil porque yo no quería juzgar ni justificar; me preguntaba cómo manejar la distancia y la empatía al mismo tiempo. No podía caer en un síndrome de Estocolmo ni en una actitud absolutamente agresiva en la que toda la rabia, las náuseas, el repudio que me generan, por ejemplo, el tema del secuestro y del narcotráfico, fuera lo que manejara los encuentros o las entrevistas.
 


Es el proyecto emocionalmente más difícil que he hecho en mi vida. Yo antes decía (y reivindico el derecho a equivocarme) que ninguna guerra era ajena, que todos los muertos eran lo mismo, que un muerto era un muerto aquí o en África. Pero cubrir la guerra en tu propio país es otra cosa: es entrar a una realidad en carne viva. A mí en Libia me tocó llegar a un hospital donde habían matado a 180 personas cinco minutos antes, caminar entre la sangre, con el olor a sangre caliente, y jamás sentí la tristeza y la confusión que sentí haciendo este documental.
 


He contado con una pareja maravillosa, he contado con el apoyo de la familia y los amigos porque si no, no lo habría logrado. Es la primera vez que yo siento que necesito ayuda, que siento que no voy a llegar al final, que siento rabia, frustración, dolor, que siento tristeza, que siento sobre todo impotencia. Lo más duro es manejar el sentimiento de impotencia: ver que tantas cosas pasan, que yo no puedo hacer nada y que a la gente que está alrededor mío no le importa. Sentí también mucha rabia con las clases medias y las clases privilegiadas, y siento que tengo que entrar en un proceso de reconciliación con mi propio entorno.

 
¿Por qué? 


De alguna manera somos los grandes responsables de que esta tragedia hubiera llegado a los límites que ha llegado, porque no hicimos nada, porque nos fuimos a estudiar a Europa o veíamos desde Miami que aquí en Colombia cogían a 150 campesinos, los vestían de guerrilleros, cobraban recompensa a los soldados y no pasaba nada. No hicimos nada. Las FARC metían a niños a trabajar en sus filas, mataban campesinos, desaparecían, torturaban defensores de derechos humanos, y la clase media y privilegiada no hizo nada. Yo creo que ahí tengo un tema que tengo que sanar… porque me siento muy responsable.
 


¿Qué pasa cuando sales del campamento?
 


Del campamento salí también con mucha rabia porque efectivamente hay mucha droga y es absolutamente absurdo pensar que las guerrillas no se mezclaron hasta el tuétano con esa red. Yo no sé en qué etapas exactamente y a qué punto estaba involucrado cada uno, pero verlos a ellos, que me hablaban de principios, convivir con ese negocio, me generaba también como un desconcierto. Aunque yo ya sabía que era así, pero verlo es distinto. Es que ver las cosas es muy distinto. En la guerra las condiciones muchas veces superan los deseos de las personas y se vuelve una realidad de circunstancias. Eso no justifica nada, pero uno tiene que, cada vez que va a mirar a un policía, un soldado, un guerrillero que cometió uno u otro acto,  sacar cinco minutos y preguntarse “¿Yo qué hubiera hecho si fuera él?”, y si hubiera tenido o no hubiera tenido las herramientas que él no tuvo. Hablo incluso del soldado que le tocó participar en un falso positivo y que recibió una orden y que de pronto sintió que no tenía opción. Yo no lo justifico, pero es que antes no lo hubiera podido mirar a los ojos, ahora sí. Ha sido muy duro, porque ahora cada vez que estoy frente a una persona me pregunto yo qué hubiera hecho si…
 

 

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¿Consideras tu documental una pieza artística, una pieza para la memoria, una pieza histórica, una pieza periodística?


Tiene mucho de periodismo, porque yo soy eso. Tengo una gran frustración desde la perspectiva creativa porque el hecho de que yo no pudiera acercarme ni a las FARC ni al gobierno, no me permitió hacer lo que yo creo que sí van a poder hacer otros realizadores, que son esas secuencias maravillosas en que la cámara desaparece frente a los personajes. Los tres primeros años, cuando yo grababa, ellos me grababan a mí; o sea, yo tenía un comandante aquí con mi cámara y atrás había un guerrillero grabándome; ese era el nivel de desconfianza, aunque también lo hacía el gobierno… y fuera de eso, ellos no permitían secuencias de vida. Se trataba de unas ventanitas de oportunidad que se grababan. Grabábamos como podíamos. No había ni tiempo ni posibilidad para hacer una puesta estética, creativa; eso no existió y a mí me deja una gran frustración.

 
Sin embargo, yo creo que eso también demuestra que esto es un documental absolutamente independiente de los intereses de las partes y eso también hace parte del valor: es el hándicap y al mismo tiempo el valor del trabajo que hicimos. Espero que el documental, en el tiempo, les cuente a las próximas generaciones una de tantas miradas posibles de lo que fue esta difícil apuesta por la paz. Yo no tengo ninguna otra pretensión: ni apoyar el proceso, ni responderle a los que lo critican. Mi única intención es mostrar que, después de 8 millones de víctimas, medio siglo de guerra y heridas que parecen imborrables, es posible sentarse y tratar de solucionar las diferencias de otra manera, con otra arma que es más contundente y seguro más eficiente, que es la palabra.

 

 
 

 

 Natalia, esto de que salga El Silencio de los Fusiles justamente una semana, dos semanas después de que las FARC entregan las armas…


No, pues una locura, todo ha sido una coincidencia. Un periodista ahora me preguntaba que si mi documental es santista. Si yo tuve alguna dificultad fue con Santos, porque no conocía a nadie de su círculo, y fuera de eso he sido muy crítica de esa clase política privilegiada de la que yo creo que Santos es el estandarte mayor. Todo ha sido una coincidencia. El día que la película inauguró el Festival Internacional de Cine de Cartagena, inició la dejación de armas; el día que me autorizan a salir en salas de cine es el 20 de julio… pero cada vez que hay una nueva fecha, algo pasa con el documental. Yo creo que el documental tiene un angelito, y es muy raro porque ha habido muchas dificultades. Aquí hay muchas lágrimas detrás; lágrimas gigantes y peleas con la familia, con la pareja, por los niveles de estrés que se manejaban, porque yo me sentía a veces muy maltratada por las partes. 


Has estado en lugares de guerra y conflicto, pero vives en un país con una estadística de asesinatos de periodistas muy alta. ¿Hay miedo al respecto?


No, cero. Lo único que tengo es como ganas de seguir haciendo cosas, y creo que eso es lo que tenemos que hacer: provocar, incomodar. 

 

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El silencio de los fusiles se estrenará el 20 de julio y tendrá funciones especiales hasta el 23. Para más información de salas y horario, consulte este enlace.

 @marevalo53
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