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Escrito por : Ana María Enciso

 Reseña de la película “El discípulo”, de Kirill Serebrennikov, historia de una crisis espiritual en la Rusia contemporánea.

 

Discipuloportada

 

Lev Tolstoi tiene un libro corto, autobiográfico, que, según quién y en qué momento lo lea, puede ser entendido como la historia de su crisis espiritual y la descripción tierna y cuidadosa de cómo el retorno al seno de la tradición ortodoxa rusa le dio vida. O, si se está en contra de las religiones, se puede pensar en él como la confesión de cómo un gran escritor perdió la cabeza. Mientras veía El discípulo, del director ruso Kirill Serebrennikov, recordé el siguiente fragmento de Confesión que creo que podría describir la manera en que Veniamin Yuzhin (el personaje principal de la película) se siente, muy a pesar de quienes lo rodean:

Me pasó algo así: sin saber cómo había ido a parar allí, me encontré una barca, me empujaron desde una orilla desconocida, me indicaron la dirección hacia otra orilla; después depositaron unos remos en mis manos inexpertas y me dejaron solo. Manejé los remos como pude y navegué; pero cuanto más me acercaba al centro, más rápida se volvía la corriente que me alejaba de mi meta, y cada vez con más frecuencia me encontraba a otros navegantes que, como yo, se veían arrastrados. Había navegantes solitarios que continuaban remando; otros habían tirado los remos; había barcas grandes y naves enormes atestadas de gente; unos luchaban, otros se abandonaban a aquel caudal. Y cuanto más avanzaba, a fuerza de mirar hacia todos aquellos que eran arrastrados corriente abajo, más olvidaba la dirección indicada. En mitad del agua, apretujado entre las barcas y las naves arrastradas por la corriente, perdí por completo el rumbo y tiré los remos. Todas las personas a mi alrededor, que, con júbilo y alborozo, eran llevadas río abajo con sus barcas y naves, me aseguraban y aseguraban entre sí que no podía haber otra dirección. Y yo les creí y navegué con ellas. Y fui llevado lejos, tan lejos que oí el ruido de los rápidos en los que ineludiblemente iba a perecer, y vi las barcas que ya se habían hecho añicos en ellos. Y volví en mí. Durante largo rato no pude comprender lo que me había pasado. Ante mí no veía más que la perdición, hacia la que era arrastrado y a la que temía, en ninguna parte veía salvación, y no sabía qué hacer. Pero, volviendo la vista atrás, vi infinidad de barcas que luchaban sin cesar, y recordé la orilla, los remos y la dirección, y me puse a remar con todas mis fuerzas hacia atrás, a contracorriente, hacia la orilla.


La orilla era Dios, la dirección era la tradición, los remos eran la libertad dada para remar hacia la orilla y unirme con Dios. Así, la fuerza de la vida se restauró en mí, y de nuevo empecé a vivir.

Lev Tolstói, Confesión

 

El discípulo probablemente sea la película más angustiante que he visto en lo que va del año. Es la historia de la fortísima crisis espiritual de un adolescente (Veniamin Yuzhin, interpretado por Pyotr Skvortsov), y cómo ésta hace que él afecte el mundo que lo rodea: la forma en que él cambia causa sufrimiento a su madre; extraña a sus compañeros de estudio y se convierte en el hazmerreír  de todos ellos (por lo absurdo en apariencia de sus acciones, pero en el fondo ríen nerviosamente y con algo de miedo); pone en jaque a sus profesores, haciendo que pierdan la perspectiva de las cosas y el control sobre sus acciones y ocurrencias. Con las historias que desde hace casi dos décadas estamos habituados a escuchar sobre el extremismo islámico, no es inusual encontrar otra más sobre un muchacho que se siente atraído al extremismo religioso y está dispuesto a llegar a las últimas consecuencias en pro de sus creencias, pero El discípulo hace que uno se plantee una pregunta latente e inevitable: si pasa en el contexto de algunas corrientes del islam, ¿por qué no habría de pasar en el cristianismo o cualquier otra religión?, ¿dónde están esas otras historias que no nos llegan porque la mala fama del Islam las opaca? 

 

 Técnicamente, los recursos que despliega la película son usados eficientemente en pos de la construcción de la historia: el guion se desarrolla lenta pero consistentemente, la construcción de los personajes es coherente con su relevancia en la historia y los trabajos de los actores prolijos, la fotografía con luz fría y en muchos momentos con poca luz, teniendo así a producir una cierta claustrofobia, una banda sonora tensionante y acorde al carácter de Veniamin que sirve a la construcción de la atmósfera: todo esto funciona. Lo realmente difícil con esta película es que es susceptible de (al menos) dos lecturas radicalmente distintas (de forma muy similar a como sucede con Silence, de Martin Scorsese): por una parte, puede ser leída desde la angustia de la experiencia religiosa, de la búsqueda desesperada de Dios, la necesidad no solamente de no estar solo, sino de estar reunido con El Único, aquel cuya ausencia duele con un desgarro que no tiene cómo sanar.  Por otra, puede ser vista como una embestida contra la religión (en este caso la ortodoxa rusa, pero por una razón puramente circunstancial): contra la manera en que permea las relaciones entre las personas, en oposición a cómo determina el que alguien crea o no en ideas que para la ciencia están lejos de ser simple habladuría, como una respuesta furiosa y dolorida a las heridas que se han causado en nombre de Dios, y causado con convicción plena de su necesidad e inocencia. 

 

Mientras preparaba esta reseña leí una entrevista en que Serebrennikov se refería a las religiones como una forma de oscurantismo e insiste en que su película lo evidencia. Por soberbio que pueda parecer, no estoy de acuerdo con esa lectura tan taxativa. Sin embargo, justo después Serebrennikov dijo otra idea que sí puedo apoyar, al menos parcialmente: que el arte hace preguntas. Si se opta por una u otra forma de comprender esta obra es secundario, lo potente de ella es que te hace dudar, te cuestiona, y por eso angustia. 

 

  

 
 

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El discípulo se estrena en cines el 31 de agosto. 

 
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