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Escrito por : Mauricio Arévalo Arbeláez

 

 
 espejos-espectros    

 

 Ilustración de Alejandro Henao  

 

 

 “¡Siempre eres el único que sufre! 
Yo no importo nada. Quisiera verte en mi lugar. 
Ya me lo harás saber”


Samuel Beckett, Esperando a Godot




Cuando abrí los ojos pensé, por unos escasos segundos, que no lo había hecho. La oscuridad intentaba sobornarme para mantenerme somnoliento. Sin embargo, las luces de los carros pasaban atravesando las ventanas e iluminando al azar las paredes frías y silenciosas. El horror de la sangre se escapó del cuerpo sin vida, trayendo el hedor a orquídea que disparó su existencia.

Yo estaba sentado sobre un sofá ajeno, en medio de una sala que no reconocía; él, tendido sobre la alfombra, quieto e inmutable. Lo miré asombrado pero sin escándalo. No respiraba. No parpadeaba. Alguien había sorbido su vitalidad; alguien que permanecía mudo en el apartamento, escondido bajo las superficies entrañables de la soledad.

Vi que la puerta de una de las habitaciones estaba entreabierta y mi instinto me sugirió que allí estaría el asesino. No tenía más protección que mi valor improvisado y mis débiles fuerzas naturales. Era suficiente. Caminé decidido, pasando sobre su cuerpo y pisando la sangre. Las huellas rojas entraron al dormitorio. Lo busqué con la mirada. Y sus ojos se toparon con los míos.

Teníamos la misma adrenalina en las pupilas. El mismo dolor. Nos retamos; apostamos a ver quién sentaría el primer golpe. Fui más rápido. Mi puño se topó con su rostro que, de repente, se quebró en brillantes añicos, a la vez que mi piel se abría y empezaba a sudar sangre.

La angustia me invadió mientras veía que su figura se venía abajo. Busqué de nuevo sus ojos: ahora reposaban sobre la alfombra. Los miré con odio y noté una extraña familiaridad con los míos, como si fueran un reflejo. Me acurruqué para volver a retarlo. Y fue allí cuando su voz se despertó del limbo.
– Sí, efectivamente, lo hicimos
– ¿Por qué?
– Eso te pregunto. ¿Por qué?
Nuestras cejas se arquearon, idénticas.
– No me lo preguntes a mí
– Nadie mejor que tú para responder.


Me acerqué a él. Mi nariz tocó la alfombra. Parpadeamos. Alcé la mirada y el silencio tremendo me recordó mi cobardía profunda. Busqué la respuesta entre los trozos esparcidos sobre el suelo de lo que acababa de reconocer como un espejo. Y me encontré otra vez con sus ojos. Mis ojos. Mi cara empezó a doler cuando cayó en cuenta de que eran suyos los pedazos sobre la alfombra.

El miedo se apoderó de mis músculos al verse reflejados. Pero no eran ellos, eran otros. Otros arrugados; y cuando intentaron gritar lo único que lograron escupir fue babaza y materia. Su voz se apoderó de mi razón, dominándola con sus insistentes ecos.

Aquella voz estaba también asustada. No comprendía por qué mi piel era lisa y tensa ni por qué mi idioma eran las palabras y no las babas. Intentó correr, esconderse. Era inútil. Mi cuerpo aprisionaba sus ecos. Y él sentía repugnancia: un cuerpo sin arrugas carecía de sensualidad y un idioma seco, de sentido.

Nuestros dedos índices intentaron tocarse. Imposible. Mi jovial resistencia intimidaba inevitablemente su anciana debilidad; y su sabiduría experta se tragaba vorazmente mi tímida virginidad. No había remedio. Éramos diferentes. Si no lo mataba, él lo haría como lo había hecho con el hombre que había visto en la sala. Al verme incapaz de defenderme, decidí huir.

Su voz era suya, porque no era la mía; había logrado construir su identidad porque era lo que no era yo. Y yo era lo que él no. Sentí un profundo deseo de separarme de él. No pude. No había mejor forma de saber que yo no era el asesino sino teniendo la certeza de que era él; no había forma de saber quién era yo, sino sabiendo quién era él…

Así, arrodillado frente a un cadáver desconocido, pudimos observarnos sin espejos ni espectros: y convergieron en un mismo pensamiento mi lucidez y mi locura, víctimas de las circunstancias. Sus existencias fueron ajenas sólo hasta el minuto veintitrés de la hora novena, cuando la soledad de la oscuridad me hizo ver que en aquel apartamento sólo había dos personas. Y una de ellas ya estaba muerta.


 

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@marevalo53

 

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