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Escrito por : Mauricio Arévalo Arbeláez

 

 
 Ismaelportada    

 

 Ilustración de Sylvia Gómez
 

 

“Ismael Fuentenegra”, repitió el mesero de forma intermitente mientras revisaba las reservas; “Fuentenegra”, volvió a murmurar, alargando la primera e y haciéndolo ver ridículo. “Sí, señor Fuentenegra, efectivamente aquí está”, y sonrió, torpe, tímido, dándoles paso. (Las personas no deben sonreír si no quieren. Debieron haberle dado a este sujeto lecciones básicas de hipocresía). Su señora entró primero, se quitó su chal gris de seda y se lo entregó al mesero; Ismael la siguió y entrecerró los ojos cuando el mesero le extendió la mano para recibirle su abrigo (Odio tu servilismo). El mesero se sonrojó y le respondió con una sonrisa aún más torpe que la anterior (Si te intimido, renuncia a este servicio de una vez y mándanos a otro mesero). Se sentaron a tiempos: Ismael, brusco, golpeó con los botones de su abrigo la mesa, provocando un sonido metálico que llamó la atención de todos; Magdalena miró alrededor tratando de disimular su incomodidad, lanzándose el pelo castaño detrás de sus orejas y murmurando un breve Ay, amor… Ismael la miró y le envió una sonrisa (Puedo enseñarle al mesero a hacer sonrisas hipócritas).

 
“¿Desean la carta de vinos?” “Empecemos con otra entrada” (Hoy manejo). “No, yo sí quiero beber un poco” (Lo supuse. Necesitas alcohol para pasar tiempo conmigo ahora. Apuesto que…) “Como quieras, nena”. Mientras Magdalena pasaba las hojas de la carta, Ismael la observaba (Tantos años y sigues luciendo hermosa, sensual. No me extraña. Hace cuánto que te conocí y todavía hoy eres lo que eras entonces: una adolescente con ganas de comerte el mundo. Solo que hoy ya sabes que conmigo no te lo puedes comer. Solo que hoy sabes que conmigo no hay mundo afuera; solo nosotros, tú, yo, nadie, nada). “¿Cuánto puedo gastar en el vino?” El hombre puso su mano sobre la de su esposa y murmuró: “Lo que quieras, mi vida. Hoy todo. No se cumplen veinticinco años todos los días”. Magdalena volvió a sonreír incómoda y miró otra vez alrededor, como pidiendo que alguien la ayudase a escapar de esa situación (Tu mano está fría, como tu corazón. Fría como tu cuerpo cuando hacemos el amor. Fría como la rutina).


Ese mismo toque de manos los unió. Ismael lo creía recordar claramente. Fue en la universidad. Magdalena compraba un muffin de zanahoria y, cuando se disponía a pagarlo, vio que una mano extraña le empujaba la suya, ofreciéndole un billete de diez mil a la cajera. “Este lo invito yo”. Magdalena miró a Ismael y palideció de ira “No necesito que pague usted nada por mí” “No lo hago porque lo necesites” “Qué convencido es si cree que está teniendo un gesto cortés conmigo” La cajera los miraba confusa y no se atrevió a pronunciar palabra hasta que se dio cuenta de que las miradas que se cruzaban y el silencio incómodo se contagiaban como epidemia entre sus clientes “¿Le recibo a él, señorita?” “Sí, recíbame, que ella paga la próxima vez”. Magdalena abrió los ojos y odió la pedantería del extraño sujeto, de la misma forma que se odian las situaciones que te atraen hasta los huesos precisamente porque detestas que te atraigan tanto. Tomó el muffin bruscamente y salió corriendo a clase sin mirar atrás.

(Me hablaste en clase. Fuiste tú quien lo inició todo). “¿Recuerdas que fue un muffin de chocolate el culpable de todo?”, exclamó Magdalena, mientras levantaba la mano para llamar al mesero. “No, estoy seguro de que fue uno de zanahoria” “No, amor, fue uno de chocolate” “Sí, verdad… chocolate” (No vale la pena hacerte caer en razón). “Decidí no tomar vino, ¿sabes? Tráenos la carta de platos fuertes” (Te odio. Odio tu indecisión. Odio cómo me haces perder el tiempo. Odio cómo echas a perder todo). “… término medio” “¿Medio? Amor, ¿segura? Después lo haces cocinar más” “Sí, sí, segura” “Bueno, pero no lo hagas ir y venir con tu plato” “No, amor…” “…Y si lo haces no te espero para comer, muero de hambre” “Bueno” “Bueno, entonces término medio” “Término medio”. El mesero tardó quince minutos en traer su cena. Dejó los platos sobre la mesa, preguntó si había algo más que pudiera hacer por ellos y se fue. Magdalena cortó el lomo, se llevó un bocado a la boca y exclamó: “¡Está crudo!” (No has aprendido que eso pasa cuando nos vamos por los términos medios: son nuestro intento de abarcarlo todo y terminamos quedándonos con nada. Los términos medios son mediocres. Mediocres, como tú).

Fueron dos años cortos de noviazgo. La pasión se fue agotando poco a poco y los amantes se volvieron víctimas de una cruel carnicería que les desangraba sus sentimientos. Cada día que pasaba, se hacían más conscientes de que la conversación final, de esas donde reinan las mentiras y la compasión por el ego de cada uno, se acercaba. Hasta que un día, en octubre, fue ella quien tomó la iniciativa: “Tenemos que hablar” “Yo sé” “¿Cómo lo sabes?” “No soy ciego y sé qué nos está pasando” “No, no, Ismael, no sabes” “No sé ¿qué?” “Estoy embarazada” “…”

“¿Saúl te llamó?”, preguntó Magdalena mientras miraba su celular. “No…” “Mmm…” “No te preocupes, ya se debió haber encontrado con esta niña… ¿cómo es que se llama?” “Natalia” “Sí, eso… Sabes que no llama cuando está con ella”. Ismael se fijó en su mujer: Magdalena cuchareaba el arroz con cara aburrida. “¿No te gustó el arroz, amor?”. La mujer guardó silencio y fingió no haberlo escuchado. (No, estás aburrida. De mí. Estás tan aburrida de mí como yo lo estoy de ti).

Hace un par de semanas, Ismael se volvía a coger la cabeza fuertemente, como si tuviera un dolor insoportable. “No lo puedo creer”. A Magdalena le pareció retroceder en el tiempo y se asustó al darse cuenta de que su marido recibía las malas noticias de la misma manera siempre. Hacía veinticinco años, cuando le había contado lo de su embarazo, se había agarrado la cabeza de la misma manera que en ese momento, en el que le confesaba su infidelidad. “¿Justo ahora que se acerca nuestro aniversario?” “Lo siento” (No es verdad. Te divertiste. Llegaste a ese orgasmo al que no llegas más conmigo) “Perdóname” (Cállate. No vas a pronunciar nada más que frases gastadas y vacías).

Cuando el mesero llegó a recoger sus platos, Ismael se dio cuenta de que Magdalena no había comido mucho. “No comiste nada, amor” (Es la culpa) “Perdona, amor, no tenía mucho apetito” (La última semana has pedido perdón tantas veces y por tantas estupideces... como si haberte metido en la cama de otro, más joven, más vital, fuera tan grave como dejar comida en tu plato). “¿Desean postre?” (No. Tengo una idea) “No, gracias. Hoy el postre lo preparé en casa” Magdalena lo miró extrañada. Ismael sonrió de nuevo (Haces bien en desconfiar).

Esa noche, Ismael horneó muffins de chocolate. Le quiso agregar un toque especial que, sabía, encantaría a Magdalena y la haría olvidar todo eso que la llevó a equivocarse. Se los llevó a la cama, la abrazó tiernamente y esperó que se los devorara todos. “Todo va a estar bien”, murmuraba la mujer. “Bien. Mañana será un día nuevo. Una nueva etapa para nosotros… Estos muffins están de muerte. ¡Qué bonito! Darme el postre que nos unió hace tanto tiempo… Háblame, amor… o… no me hables, limítate a abrazarme” (Abrazarte es un reflejo natural de mi cuerpo, que reacciona ante los golpes). Ismael esperó a que su mujer se quedara dormida, se levantó con cierta parsimonia y recogió los platos para llevarlos a la cocina (No puedo). Mientras los lavaba, observaba atento un pequeño frasco que reposaba sobre el mesón. (No me mires así. No soy capaz). Desvió la mirada hacia el lavaplatos. Sobre su rostro se dibujó una sonrisa cruel, dolorosa, contradictoria; un gesto que Ismael utilizaba desde pequeño cada vez que se castigaba por algo… un gesto de arrepentimiento sin culpa. (Eso es mi vida: un frasco lleno de veneno sin verter). Lo tomó con ambas manos y, violento, depositó todo su contenido en el lavaplatos. Observó, melancólico, cómo su felicidad se desvanecía en forma de espiral por el sifón. Esperó cinco minutos, respiró y volvió a la habitación a acostarse al lado de su mujer. A las pocas horas, cuando la luz se empezaba a filtrar por las persianas, sintió un leve susurro en el oído, parco, cotidiano: un insoportable “Te amo” (No, no es cierto). Ismael, entre dormido y despierto, repitió su sonrisa dolorosa, mientras murmuraba de vuelta: “Yo también”.

 

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