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Escrito por : Enrique Winter

 Fragmento de la primera novela del poeta chileno Enrique Winter.

  

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 Portada de "Las bolsas de basura"
 

 

Brian no llenará con dientes de oro la boca rota del departamento. El aviso del desahucio es más puntual que cualquier pago del centro de llamadas. Cuarenta y dos días, cuarenta y dos días. Los doce hasta fin de mes desde el atropello, ya van cinco, ¿seis, siete?, y el mes de garantía: echado. El mes de garantía, porque no le depositará un peso al bruto que no le preguntó si podía pagar el departamento solo, ni esperó a que el cuerpo de Eugenio se enfriara. Como si el aviso arreglara algo.


Brian deja pasar el mes antes de meter en cajas cada uno de los juguetes de Eugenio, sus distintos tamaños y colores chillones. Fue como meterlo a él mismo en el ataúd, de nuevo. Y todos esos monitos caben en una sola caja, apretados contra el par de peluches. Las cortinas lilas, la ropa de cama y de invierno en otra, y para lo suyo le basta la maleta a lunares que el mismo Eugenio compró en la feria de las pulgas. No se llevará nada de la ropa de mujer, al menos no la de noche, sería como robarle. Un día dejará junto a la tumba la que siempre consideró más linda, aunque se la saquen los buitres y del resto que se encargue el dueño, por no hallar la hora de echarlos.


Repasa uno a uno los dibujos de Eugenio antes de despegarlos del refrigerador, las notitas que se les olvidaba sacar y luego visitaban fuera de contexto: “Compré plátano. Chúpalo”, “Me comí las ciruelas que dejaste en el refri y que quizás guardabas pa’l desayuno. Perdóname es que estaban exquisitas, tan dulces, tan heladas” o “Te extraño, te llamaré a la pega haciéndome pasar por un cliente”, y Brian volvía al departamento un poco molesto de que lo hubiese llamado, pero no lo podía retar luego de ver ese mensaje o cualquier otro. La mayoría con trazos absurdos como peces o vergas con alas, labios gigantes con un mono caminando encima. Un bonobo, le corregía Eugenio. Si Brian pintara otra cosa que su cara, y sólo cuando salía de mujer, lo haría con fruta y que se pudra. Aparte de las notas de Eugenio no guarda más papeles y siente que esa época no volverá; ahora habla contundente, solo y en voz alta, como Eugenio mismo. Hoy a nadie escribo ni nadie me escribe mensajitos bajo la puerta. No guardo recortes del diario ni cartas de amigas, tampoco me quedan amigas.


El departamento está vacío, pero marcado con cinta adhesiva en los muros, con la silueta curva de la chica de historieta casi a tamaño real que lo cubrió del sol y del polvo, las líneas negras y horizontales de donde apoyaban el sofá y la cama, que de mala gana su cuñado le ayuda a bajar para mover en la furgoneta de su pega. El cuñado le ha impedido conocer a la sobrinita, pero se encargó de conseguirle una pensión. Y aunque Brian lo odia a su modo, no sabe por qué para esto confió en él. Brian no ha visto el lugar donde vivirá y tampoco le importa mucho, porque lleva con él todo lo necesario para convertirlo en la capilla de duelo que quiere, llena de muñecos y mensajes. Los dos van tan callados como su hermana se los permite en la furgoneta, preguntándoles cualquier cosa desde el asiento del copiloto, contándoles anécdotas de gente que los une, pero a ninguno de los dos les interesa. Se da parcialmente por vencida. Estacionan en silencio.


–Ah, no, perdóname hermanita, estaré todo lo cagado de plata que quieras, pero no voy a vivir en este subterráneo. ¡No tiene ni ventana! –Brian se pasea nervioso de un lado a otro del apretado pasillo, de puertas que dan a otras habitaciones– y cacha, ven a ver el baño. Se hinca para mostrarle los hongos. No, mi vida, ni cuando puteaba.


–Ay, Brian, quedamos en que no hablarías más de eso. Por dios, menos mal que no traje a la niña.


–Mira, huevón, mi amigo arrienda y dice que arriba tiene piezas más decentes –interrumpe el cuñado.


Como el sujeto a quien se refiere está al lado de ellos, Brian no entiende por qué no le dirige la palabra, pero sí que debe seguirlo y los cuatro en fila suben la escalera. Da a una pequeña cocina con tele –hace cuánto no tengo una, piensa– y un computador, que en este momento usa un tipo más bien ancho, con un trago al lado de la pantalla.


–Ese es el novio de una de las chicas –aclara el arrendador, por supuesto no es el dueño y nota que Brian se quedó mirándolo– y esta es la pieza –abre la puerta hacia adentro, luego las cortinas y la ventana. Da dos pasos hacia atrás, para que Brian la vea–. Es un poco más cara, sí.


–A mí me parece bien –opina la hermana, impaciente.


No caben los tres adentro, pero Brian la ve más limpia que el inframundo del que acaba de salvarse y puede pagarla con sólo seguir en el call center. Así le dice al centro de llamados su hermana, que apenas salva el mes cuando le ayuda al marido en los repartos de mercadería. Brian quiere que se vayan todos y pronto, dice que está buena la pieza y cuando se dispone a descargar los palos de la cama y del sofá, atina a que ya tiene cama y el sofá no entra.


–No te preocupes, los podemos llevar nosotros hasta que encuentres un sitio –dice su hermana, cuidadosamente casual.
 

 

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Las bolsas de basura está disponible en Café Nicanor (Calle 29A # 34A - 33)

 

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