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Escrito por : María Mercedes Andrade

 Un cuento de María Mercedes Andrade.

  

 Geraniosportada    

 

 Ilustración de Ana María Enciso
 

 

Creo que nadie se había dado cuenta de que me había ido. De eso hace ya tiempo. Mi hermana Carla siguió cuidando sus matas en el patio de atrás de la casa, podándolas y hablándoles en un lenguaje extraño como si nada hubiera sucedido, como si jamás hubiera estado allí alguien. Siempre había sido un poco ciega, es cierto, con esa miopía incurable que le impedía leer entre las líneas y ver más allá de los geranios y las hortensias y de la casa melancólica que mantenía para mi padre y para mí, pero a pesar de todo me sorprendía que no notara que yo no estaba, cuando la observaba escondida detrás de los matorrales, con los pies descalzos hundidos entre la tierra. Durante todo este tiempo jamás me dirigió una palabra, y sólo una vez, que yo recuerde, habló de mí, como si únicamente entonces hubiera notado que algo andaba mal, como si durante un instante fugaz hubiera sospechado que yo no estaba. Miró mi plato intacto sobre la mesa, mientras que la comida que nos acababa de servir se enfriaba, y explotó en una serie de sollocitos histéricos e inesperados que se le atoraban en la garganta.


- Yo me mato trabajando todo el día, papá. ¿Acaso creen que es fácil hacerse cargo de esta casa enorme, tener todo en orden, y además preparar la comida para que esta desagradecida ni siquiera sea capaz de probar un bocado?


Papá cortó otro bocado de carne y siguió masticando, desatento a la escenita de mi hermana, y se ofreció a acabar con mi plato, si es que yo no quería comer. Mi hermana empujó hacia atrás el asiento y salió corriendo del comedor. Él jamás comprendía nada.


Parecía que los dos estuvieran completamente ciegos y no pudieran sondear ya las profundidades de mi ausencia. Así que regresé en silencio a mi lugar en el patio, y desde entonces los observé desde allí, cobijada por el olor de las flores, intentando adivinar los motivos de su indiferencia. Se comportaban como si yo hubiera estado con ellos todo el tiempo, incluso cuando no me senté más con ellos a la mesa y dejé de compartir el ritual diario de los alimentos, y me abandonaba en cambio a la lluvia dulce que caía en el patio. Creo que no se dieron cuenta nunca de que en mi cara y mi cuerpo de espectro había aparecido ya el sello irreversible del vacío.


Al principio creí que disimulaban. Que pensaban que no diciendo nada todo volvería a ser como antes, y que yo finalmente desenterraría mis pies del suelo y volvería a la casa. Sentada tras mi cortina de hojas, intentaba por las noches asir algún susurro que intercambiaran durante la comida, algunas palabras de mutuo consuelo, “ya verás cómo vuelve si continuamos así”, pero pronto me convencí de que comían siempre en silencio, sin nada qué decirse, sin ningún motivo para hablar de lo que yo callaba.


Luego llegué a pensar que no habían sabido nunca de mi existencia. Pensé que seguían poniendo mi puesto en la mesa como si fuera parte de un ritual sin explicación que por algún motivo desconocido debían actuar, pero que jamás se habían preguntado por la razón de sus actos. Tal vez era un conjuro para protegerse de alguna amenaza incomprensible. Pensé que por esa razón mi padre seguía pronunciando mi nombre hueco, mi nombre que para ellos no estaba unido a ninguna imagen, ningún cuerpo, a ninguna cara, como quien recita una oración que ha perdido el significado a fuerza de ser repetida. La idea de no existir para ellos me atemorizó, y pensé en levantarme y plantarme ante sus ojos gritándoles “¿No ven que me fui hace tiempo? Miren mi cuerpo, miren las hojas entre mi pelo, miren mis huesos consumidos. ¿No ven acaso que ya me he ido?” Pero mis pies estaban enterrados en el piso, y no quise moverme más. Me acurruqué sobre la tierra, con las rodillas contra el pecho y las hojas de las matas rozándome levemente la cara, arrullándome como una niña pequeña con el ruido que Carla hacía con ollas y cubiertos cuando cocinaba. A veces la oigo hablar consigo misma, pero ya no comprendo sus palabras. Sin embargo hay algo de ternura en su voz, como si me estuviera hablando a mí, diciéndome que lo comprende todo, que lo ha comprendido desde siempre.


Por eso mismo no siento ahora rabia alguna. Hace calor, y un rayo de sol juega con las puntas de mi pelo. Las hojas esconden mi cuerpo transparente y un tenue olor de geranios me adormece. Estoy segura de que pronto comenzaré a florecer.

 

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Un olor tenue de geranios fue Ganador del Concurso de Cuentos Ramón de Zubiría, Bogotá, 1996.  Publicado en Lecturas Dominicales, Periódico El Tiempo, Santafé de Bogotá, 8 de septiembre de 1996.  Publicado en Relatos de mujeres 5, Ediciones Torremozas, Colección “Ellas también cuentan”, Madrid, 2006: 7-12. 

 

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